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Corrupción; de enfermedad a pandemia

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Por: Alejandro

Son muy pocos los lugares del mundo, quizá ni los haya, donde no exista lamento sobre la corrupción rampante que día a día acaba con las vidas de los seres humanos, el medio, los recursos naturales y la confianza de los ciudadanos hacia las instituciones, entre otros aspectos. El gemido es general de sur a norte y de oriente a occidente en todo el globo terráqueo.

 

 Opinión.

Por: Armando Ramírez Olarte.

En algunas latitudes, de manera particular en Colombia, la forma como se compra la conciencia y la dignidad de las personas, como se corrompe al ser humano y como el ciudadano mismo se va envolviendo y se va empegostando en las artimañas de la corrupción, se le denomina mermelada, quizá por la dulce forma como se va involucrando a las personas, unas sin darse cuenta y, otras, porque que al parecer, no les incomoda para nada el sentirse untadas.

En otros casos, muchos han sido usados, utilizados por otros que con poder e injerencia en las decisiones, terminan en el desvío de lo que debe ser la correcta Administración de lo Público.

Algunos apuestan por los bajos salarios como un factor determinante para que la corrupción se manifieste, lo que es inaceptable y, para el caso de alcaldes y gobernadores, su remuneración es lo bastante buena como para justificar el cohecho, la concusión, el peculado y la contratación indebida, como  manifestación de los comportamientos dañinos, además, es un privilegio ostentar la calidad de servidor público, lo que muchos no valoran.

Para analizar el flagelo de la corrupción, recientemente se realizó una cumbre mundial sobre el tema, e inquieta, primero; que muchos representantes de los países asistentes no suscribieron la declaración final y, segundo; que algunos de los líderes no tengan autoridad moral para hablar del tema, para dirigirse a la comunidad internacional, cuando quizá, su comportamiento es absolutamente corrupto y a través de ello, han logrado llegar a los estrados presidenciales y del gobierno.

La medición internacional de la percepción sobre la corrupción en nuestro país lo dice todo. Desde hace tres años estamos con el mismo nivel, puesto que entre 36 y 37 puntos porcentuales es la calificación que se hace de 0 a 100 y, entre 168 países, se nos dice que ocupamos la posición 83, según Transparencia Internacional; y a nivel del continente americano estamos en un deshonroso 12 puesto.

Si la idea es tratar de mejorar estos índices, primero, será necesario que  se fortalezcan la Fiscalía General de la Nación y la Rama Judicial, de tal manera que quienes incurran en actos de corrupción sean puestos de manera pronta en manos de los Jueces de la República para su judicialización; segundo, que de manera coherente, o sea, con buen ejemplo, se vaya en búsqueda de mecanismos y fórmulas que permitan limpiar estas malas costumbres y, tercero, que los ciudadanos apliquen  juiciosamente un control electoral, de manera que no vuelvan a elegir a quienes han tenido asomo de actos de corrupción en el desarrollo de su Función Pública, como tampoco a quienes son sus padrinos políticos. 

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