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El fin de «el fin de la historia»

Thomas Piketty
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Por: Editor

La desigualdad como insumo del capitalismo. El laureado autor de “El capital en el siglo XXI”, Thomas Piketty, vuelve con “Capital e ideología” intentando derribar el mito capitalista más arraigado de que las desigualdades son causas naturales de la conformación humana. “No es cierto; no existe ningún determinismo, menos aún una organización social con mandato eterno”.

 

Opinión

Por: Octavio Quintero

Grupo GES

Circula en las redes sociales un meme contra el naciente socialismo en Estados Unidos que representa a la parlamentaria demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez, preguntándole al presidente Trump “por qué está tan en contra del socialismo”, a lo que responde: “porque los estadounidenses quieren pasear a sus perros, no comérselos”.

Un simple meme como este, adoctrina más gente en el capitalismo, que una elaborada teoría social como la desarrollada en “Capital e ideología”, último ensayo del laureado escritor, Thomas Piketty, en donde expone que la desigualdad es una edificación ideológica creada por el capitalismo a través de categorías divisorias: mercado, salarios, capital, educación, deuda, trabajadores (más o menos capacitados), cotizaciones bursátiles, paraísos fiscales, ricos, pobres, clérigos, nobleza, competencia nacional y/o internacional.

Dentro de esas categorizaciones se destaca la educación que ahora se propone por analistas tildados de “eruditos” como ‘educación para el trabajo’, es decir, el saber hacer, no el saber pensar.

El ‘saber hacer’, en este caso, viene a ser un adoctrinamiento que anula en el individuo la capacidad de juicio que se adquiere, precisamente, a través de la educación.

Podría uno creer, sin mucho riesgo de errar, que el meme relacionado es indicio del tono de campaña en la cual basará Trump su reelección en el 2020, encaminada a caricaturizar el socialismo estadounidense puesto en escena por el adusto Bernie Sanders, popularizado por la carismática Ocasio-Cortez, la tromba política que hace poco más de un año saltó de una barra de taquerías en Nueva York al Congreso.

Si, realmente, el mejor manejo de las redes sociales inclina la balanza política, Trump va a tener ésta vez una seria contrincante en su camino a la reelección porque, Ocasio-Cortés, la novel parlamentaria demócrata, definida socialista, tiene el encanto de convertir en tendencia todo lo que trata en sus cuentas de twitter e Instagram, principalmente.

Lo que se puede deducir de este meme gringo es la caricaturización de la incipiente idea socialista entre los millennials estadounidenses, simbolizada en la ambivalencia del perro: es cuestión de elegir entre capitalismo (si lo que se quiere es sacar el perro al parque), o socialismo (si lo que se quiere es comerse un perro).

Para colombianizar el doble sentido, es algo así como la caricatura política que se hizo del castrochavismo en la campaña presidencial que favoreció a Duque.

Lamentablemente es así: en un mundo premeditamente privado de educación por el poder dominante, un meme vale más que todo un tratado de economía política y social como el que acaba de poner en librerías Piketty, lo que no obsta, por supuesto, para que los estudiosos se den un banquete que, ojala, revitalice el manifiesto deseo de las clases emergentes, que no aguantan más un sistema político que corre presuroso al rescate de los ricos, mientras mantiene en suspenso el problema de las clases medias, bajas y pobres.

A que negar…

Si algo le ha quedado bien hecho al neoliberalismo, llamado por Piketty como “hipercapitalismo”, es la ‘fabricación’ de pobres mediante la destrucción de todas las conquistas sociales logradas por la clase trabajadora a la que hoy en día solo le queda el recuerdo de los “Mártires de Chicago”, idealizados en la nube de trabajadores, clases medias, bajas y pobres, que almuerzan con perros mientras los ricos van de paseo con sus mascotas, para seguir el juego del meme Ocasio-Cortez – Trump.

Retomando la tesis de Piketty, la desigualdad surge de “…construcciones sociales e históricas que dependen íntegramente del sistema legal, fiscal, educativo y político que se elige implementar, y de las categorías que se crean”, derribando así el mito de que las desigualdades se explican, en parte, por causas naturales inherentes al ser humano.

“No es cierto; no existe ningún determinismo, menos aún una organización social con mandato eterno”, y agrega:

(…)

“La permanencia o no de la cultura del capital depende de la movilización política e ideológica, de que se imaginen otras formas de gestión donde las desigualdades dejarían de existir y el capital, a su vez, ya no estaría más concentrado en un puñado de poderosos”.

Cambia o lo cambian

En esta breve entrevista con la Agencia France Press (AFP), Piketty resume su nuevo libro de más de 1.200 páginas, y advierte que la revolución conservadora de Reagan-Thatcher en la década de los ’80, después de 40 años, “… está llegando a su fin”. Es decir, abre la puerta que cerró en 1989 Fukuyama, en su globalizada tesis de “El fin de la historia”.

AFP. ¿Qué busca demostrar en su nuevo libro?

  1. En este libro trato de mostrar que en la historia ya hubo grandes cambios ideológicos. Todavía pensamos que la estructura de las desigualdades no cambiará, que las cosas son sólidas como una roca.

Pero todas las ideologías terminan siendo reemplazadas por otros sistemas de organización de las relaciones sociales y la propiedad. Pasará lo mismo con el régimen actual.

¿Cómo?

Necesitamos retomar el hilo, con calma, con serenidad, tratando de discutir soluciones para superar el hipercapitalismo actual a la luz de las experiencias históricas.

La buena noticia es que todos los regímenes políticos desiguales terminan transformándose, a menudo con momentos de crisis más violentos de lo que uno quisiera.

Desearía que se pudiera hacer pacíficamente, a través de la deliberación democrática, con elecciones. A veces hay momentos imprevistos de crisis, como el Brexit.

En estos momentos, como lo muestra la historia, uno necesita recurrir a los repertorios de ideas producidas en el pasado.

¿Cuál es el riesgo si no se debate sobre las desigualdades?

Si nos negamos a hablar sobre la superación del capitalismo por una economía más justa y descentralizada, corremos el riesgo de continuar fortaleciendo las narrativas del repliegue identitario, del repliegue xenófobo.

Estas son historias nihilistas extremadamente peligrosas para nuestras sociedades que se alimentan de la negativa a discutir soluciones justas, internacionalistas, soluciones igualitarias de reorganización del sistema económico.

Es severo con la evolución de la sociedad desde la caída del imperio soviético.

Es hora de hacer un balance de las decisiones tomadas desde los años ochenta y noventa. Al inicio de la década de 2020 podemos ver sus límites con una globalización altamente desigual, que es desafiada por muchos y que nutre repliegues identitarios extremadamente peligrosos.

La revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, así como la caída del comunismo soviético, dieron una especie de impulso a una nueva fe, a veces ilimitada, en la autorregulación de los mercados, la sacralización de la propiedad.

Pero es un movimiento (el neoliberal) que creo que está llegando a su fin.

¿Cuál fue la influencia de la caída del Muro de Berlín, hace 30 años, en la evolución de las desigualdades?

El año 1989 da lugar a un mundo donde la desilusión post-comunista conduce a una especie de sacralización del hipercapitalismo.

El comunismo en el siglo XX, después de presentarse como el desafío más formidable a la ideología de los propietarios, terminó convirtiéndose en el mejor aliado del hipercapitalismo precisamente por su fracaso.

Después de 1989, dejamos de pensar en la cuestión del exceso de desigualdad en el capitalismo, la necesidad de regular, de superar el capitalismo.

El caso extremo es Rusia, donde no hay ningún impuesto a la herencia, ni impuesto a la renta progresivo. Ni siquiera Donald Trump, en sus sueños más locos, plantea algo así.

El Partido Comunista todavía está en el poder en China…

La historia es diferente en China, aunque ahí tiene el desastre maoísta, la revolución cultural… Existe el papel dominante del Partido Comunista pero también hay una negativa a superar la desigualdad generada por la propiedad privada.

China, como Rusia, no tiene impuesto a la herencia. El caso de Hong Kong es inaudito porque es el único país del mundo que se ha vuelto más desigual después de convertirse en comunista.

Existía un impuesto a la herencia que se eliminó luego de la retrocesión a China.

No teme utilizar la palabra «socialista», aunque ya no está de moda

No tengo miedo. Creo que el socialismo democrático, que es la socialdemocracia, ha traído consigo no solo esperanza, sino también un tremendo éxito durante el siglo XX.

Fin de folio

Fuente: PáginaI12

Eduardo Febbro

El nuevo libro de Thomas Piketty, «Capital e Ideología», es un elixir en tiempos de horizontes tapados y retóricas repetitivas.

El economista osa incluso proponer la idea de un “nuevo socialismo participativo”, de una propiedad “social” pactada mediante la cogestión o también una “propiedad temporal”.

No hay tampoco, para Piketty, ningún fatalismo histórico sino una asombrosa serie de acciones y coincidencias que autorizan los cambios.

Nada está decidido de antemano, recuerda el autor, tanto más cuanto que las relaciones de fuerza que se establecen atañen al orden material: «son sobre todo intelectuales e ideológicas.

Dicho de otra forma, las ideas y las ideologías cuentan en la historia porque permiten imaginar permanentemente y estructurar nuevos mundos y sociedades diferentes”.

Piketty fustiga ese pensamiento conservador marcadamente tendencioso y siempre dispuesto a “neutralizar las desigualdades” dotándolas de “fundamentos naturales y objetivos”.

O sea, como la desigualdad es un proceso natural no hay manera de erradicarla. Y si se lo intenta, es, finalmente, todo el sistema que corre peligro.

Esta falacia es la que preside todas las narrativas del liberalismo contemporáneo: no hay vida fuera de este sistema. Si se sale, solo habrá hambre. Falso.

Más bien, en su análisis histórico de la desigualdad, el economista francés destaca que “… en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad”.

Con esa prueba histórica Piketty abre una ventana para mostrar otro paisaje y, de paso, quebrar una de las narrativas más extenuantes de los conservadores: aquella que tapa todos los futuros repitiendo que ningún otro modelo es posible.

A este propósito, el autor escribe: «las desigualdades actuales y las instituciones presentes no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente”.

Una vez más, nada está jugado de antemano, nada es “un fundamento” inamovible. Esa roca indesplazable es la base sobre la que se apoya el rico para seguir siendo más rico y el pobre siempre pobre.

Es el nudo de todo el repertorio capitalista: si el rico es menos rico el pobre será más pobre.

Piketty presenta la desigualdad como un objeto de gran plasticidad que es perfectamente posible modelar, y así lo han hecho justamente las ideologías: “siguiendo los hilos de esta historia –escribe—se constata que siempre existieron y existirán alternativas».

«En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…)»

«Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella”.

Piketty proclama que “el progreso humano existe, pero es frágil porque, a todo momento, puede chocar contra las desviaciones de la desigualdad y de la identidad del mundo (…) El progreso humano existe, pero es un combate”.

Original, razonado y riguroso, con un enfoque radicalmente histórico que toma incluso en cuenta la literatura, Capital e Ideología, llega en el mejor momento, justo en ese punto donde sólo parecían haber diagnósticos y pocas conjeturas para diseñar otro mundo.

Nunca el liberalismo había inundado tanto el espíritu humano con su mensaje unidireccional. Como el macrismo en la Argentina, su recado es en todos lados el mismo: o se suicidan con nosotros, o morirán de hambre.

Piketty desarma con una precisión de relojero esa idea destilada en el 99% de los medios de comunicación del mundo. El autor llama a esa tendencia “la ideología propietarista”.

Su credo globalizado consiste en repetir que cualquier iniciativa de justicia social equivale a ir “derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos.

La respuesta propietarista intransigente consiste en que no hay que correr ese riesgo, y que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir”.

Al contrario, argumenta Piketty, no sólo hay que abrirla, sino que la historia nos prueba que ha sido abierta en muchos momentos y que, gracias a esos momentos, se construyó el progreso humano.

El ensayo se propone precisamente esa meta: “convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado”.

Como en, El Capital en el Siglo XXI, Piketty no formula rupturas revolucionarias, sino que plantea una forma radical de reorganización.

No es un libro para reforzar convicciones, ni un enésimo e indigesto adoquín pseudo progresista rebosante de diagnósticos acertados y vacío de alientos futuros.

Capital e Ideología, es un libro para respirar, como una ventana abierta hacia un mundo donde, de pronto, no hay un sólo modelo posible, sino un infinito de posibilidades.

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