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Es que el tiempo no rinde.

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Por: Alejandro

Desde hace mucho quería escribir sobre el manejo del tiempo pero no me había quedado tiempo. La redundancia es adrede pero sin querer. Mejor dicho, habría preferido tener tiempo de escribirla antes. Y por eso mismo, desde hace unos meses he venido pensando en la importancia del tiempo, porque he tenido tanto trabajo últimamente que no había podido sentarme a escribir. De hecho, esto lo estoy escribiendo a las 3:21 AM del viernes antes de Semana Santa.

 

Opinión.

Por: Omar Darío Gamboa González

Algunos dirán «pobrecito, este tipo no descansa y le tocó escribir a esa hora», pero es todo lo contrario. Empecé a escribir el post a esa hora porque me di el lujo de llegar a mi casa a las 6PM después de dictar clase, dormir un buen rato, luego despertarme a ver películas, series y luego leer un par de capítulos de un libro que me tiene atrapado.

En mi blog personal escribí unos consejos para organizar el tiempo. Espero que les sirvan. Si leen me cuentan, ustedes pueden tener otros tips que yo dejé escapar. Acá está el enlace.

En fin, no niego que trabajo mucho, pero la mayoría del tiempo trabajo feliz. Hago lo que me gusta y lo disfruto mucho. Muchísimo. Tengo tiempo para preparar las charlas y conferencias a las que me llaman. La otra semana viajo a Cali, luego iré a Tunja y posiblemente a Sogamoso. Ya estoy preparando una charla en el congreso de Salud Electrónica eSalud, que viene en agosto en Bogotá. Tengo la fortuna de que las propuestas que paso a clientes potenciales son porque me llaman, no porque yo los busque. Qué bendición.

Hoy en día tengo la fortuna de trabajar para algunas de las marcas más bonitas que conozco. De esas marcas que si me lo hubiesen dicho hace unos años no lo hubiera creído. Y con orgullo (sí, de ese orgullo maluco y engreído) digo que no es porque trabaje en una gran agencia multinacional con 50 años de antigüedad, de esas que tiene los clientes hace rato. No. Me doy el lujo de tenerlas como clientes míos. ¿Creído? Sí. ¿Y qué? De hecho, esta mañana presentamos una estrategia para uno de esos clientes que todos queremos tener: marca soñada, clientes amables, queridos, cordiales, y que dan todas las libertades creativas del mundo (obvio, sin salirse de los lineamientos). Sí, Pilar. Es contigo. Y que en reunión con cliente te digan «nos gusta mucho tu trabajo, estamos muy contentos» no tiene precio. Sí, Clara y Sarita, también es con ustedes.

 

Hace unos 4 años decidí salirme del mundo «corporativo», dejar de ser empleado, y me independicé. El camino no ha sido fácil, pero tengo la satisfacción de que cada cosa que hago es para y por mí.

Ahora trabajo más tiempo, pero más contento. Ahora no siento el trabajo. Cuando era empleado, desde el viernes a las 9 am estaba añorando que fuesen las 5 para salir de la oficina y no volver hasta el lunes. Ahora no me importa la hora, sigo trabajando. Bueno, reconozco que durante un buen tiempo me olvidé de la vida social y eso no es bueno. Por diferentes motivos caí en cuenta de que eso estaba sucediendo y empecé a buscar a algunos de mis amigos de nuevo. A llamarlos, escribirles, preguntarles cómo están, qué hay de su vida, la familia, los niños.

Lo triste de ese ejercicio es que me he encontrado con una «barrera» cuando intento hablarles a algunos. Y es que nunca tienen tiempo para responder el saludo. Y no es porque siempre les hable en horario laboral. Para hacer el ejercicio, en ocasiones les hablaba a las 8 o 9 pm y tampoco me respondían. O a las varias horas me devolvían el saludo para decirme que están en la oficina terminando una propuesta, o preparando una licitación que tienen al día siguiente. Qué triste. Y por lo general esas frases vienen acompañadas de «espero que después de entregar la licitación tenga más tiempo y ahí sí te invito un café y desatrasamos cuaderno». Pero eso no pasa de ser un espejismo mental, porque nunca sucede.

(Miércoles, 8:37 PM)

Omar: Hooola, ¿cómo vas?

(9:18 PM)

– Hola, súper bien. Acá trabajando juiciosa

Omar: Como siempre, no haces más. ¿Cuándo nos vemos? Tengo varias cosas que contarte :)

(10:19 PM)

– Qué ricooo. Pero ando clavada en la oficina. Tenemos licitación el lunes. Yo creo que trabajo el fin de semana. ¿Hablamos la próxima semana? Salgo de la propuesta y de una.

Omar: Claaaro, dale. Te busco tipo miércoles.

– Dale, chau.

Y eso va alejándonos de nuestros amigos. Hace poco cumplí años (aún recibo regalos e invitaciones, por si se lo están preguntando) y me saludó un montón de gente (cosa que me hace sentir halagado) pero, no nos digamos mentiras, hoy en día las relaciones se reducen a eso: un saludo cada año, a una promesa de tomarse un café, a saber que el otro está vivo porque sigue publicando en Facebook, pero ya, de ahí no pasa. Uno asume que el otro está bien porque sonríe en las fotos. Al final los únicos amigos que quedan son los de la oficina, porque pasa uno con ellos 20 horas al día, sin exagerar. Y pienso específicamente en dos amigas, muy especiales para mí, de las que terminé alejándome porque me aburrí de escribir más de un «hola» que no recibía respuesta.

Omar: ¡Hola! Tiempo sin saber de ti. ¿Todo bien?

(Dos horas después) – Holaaaa! Sí, todo bien. Mucho trabajo. ¿Tú?

– Bien también.

– (Al otro día) Qué bueno.

Al tercer intento de conversación es cuando me digo «mejor no molesto más, debe andar grave de tiempo; mejor espero a que me busque cuando pueda». Cosa que nunca pasa. ¿Egoísmo de mi parte? Quizás. Probablemente debería seguirles hablando otras 13 semanas e intentar ser mejor amigo. Si agarro el hábito de hacerle novena a San Valentín y luego les escribo, de pronto a la semana nueve me inviten a tomar café. ¡O hasta a almorzar! Los santos son benditos para eso.

Hace unas semanas decidí dejar de escribirle a este par de amigas, como ejercicio académico (para que vean hasta dónde llegan mis labores investigativas en el equipo de #Marmotazos) a ver cuándo me escribían de nuevo extrañadísimas porque no volvimos a hablar. No ha pasado. Ni mu. Ni medio tweet. Ni un whatsappazo. Bueno, me llamaron de cumpleaños. Pero aún me pregunto cómo sería si no coincide la fecha. Quizás esta sea la manera más torpe de decirles que las extraño. Supongo que algún día leerán esta publicación y dirán «debió habérmelo dicho», pero si no había tiempo ni de saludar, dudo que lo hubiese para conversar de verdad. Y odio armar dramas.

Tengo el caso de otra amiga que era la más entregada a su trabajo. Almorzaba frente al computador (cuando podía almorzar), nunca salía a nada porque siempre había mucho trabajo atrasado. Los fines de semana no hacía nada diferente a descansar en su casa, porque llegaba tan rendida que el único placer concebido era ese: no hacer nada. Nunca dejó de ir a la oficina, ni estando enferma. Y hablo en pasado porque todo eso se acabó cuando la echaron. Así, sin asco, sin vaselina, sin dársele nada. Un día le dijeron «trabajas hasta mañana».

¿No les pasa que si llegan a su casa antes de las 8PM se sienten desubicados? ¿Cómo que no saben qué hacer con ese montonón de (dos) horas libres antes de tener que acostarse a dormir para madrugar al otro día al trabajo? ¿No les pasa que si salen del trabajo y es de día no lo pueden creer? Nos estamos volviendo vampiros. La única manera de ver el sol es por Netflix. Se nos broncea el brazo que queda para el lado de la ventana, cual taxista.

A mí me pasaba. Pero ya no me pasa. Desde hace unos años veo la luz del sol todos los días (excepto cuando me da pereza de salir y trabajo todo el día en mi casa).

Esta no es una invitación a que se independicen, eso no es para todo el mundo. Pero es una invitación a que traten de recuperar el tiempo libre. Claro, no es solo cuestión del empleado, sino también del empleador. Hay jefes a los que les da una embolia cerebral si algún empleado sale antes de las 7PM (tuve un jefe así). Hay otros que no toleran que los empleados estén fuera de su puesto. Amigos: El mundo cambió y el mundo laboral está empezando a cambiar. Ahora se puede hacer trabajo remoto, y lo del horario laboral cada vez es más «borroso». Sin embargo creo que es tema para otro marmotazo.

Retomo el mensaje central: no dejemos que el trabajo nos absorba tanto. Casualmente hace unas semanas compartieron mucho en redes sociales la carta que le escribió a su papá la hija del presidente de Bancolombia (acá la pueden leer), en la que le decía «le estás regalando tu salud a los demás». En El Tiempo también compartieron una nota sobre el equilibrio entre la vida laboral y la personal. Tomemos ejemplo. ¿Cuántos de ustedes llegan a la casa solo a acostar a sus hijos? ¿Cuántos llegan tan cansados que las fuerzas no les dan para jugar con ellos? Sé que no es culpa de ustedes, sé que las empresas presionan mucho y estamos viviendo un mundo en el que «el que no se sacrifica se va».

Tratemos de equilibrar la vida laboral con la personal, la familiar, la social. Y esos grandes cambios vienen de parte y parte: el empleador o el jefe tiene que entender que todos tenemos una vida más allá de la oficina. Y los empleados también entender que eso de quedarse en la oficina hasta las 8 de la noche (y hasta más) no debería ser cosa de todos los días.

Extraño a algunos de mis amigos y amigas. Y sé que si yo fuera empleado no tendría tiempo de extrañarlos porque estaría ocupado trabajando. Qué mal, ¿no creen?

Omar Gamboa González. @OmarGamboa

(La banda sonora de la semana)

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