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Lo que pudo haber sido, y en efecto fue

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Por: Editor

Luego de una extenuante mañana de trabajo, decidí salir a recrearme en compañía de mi esposa en la ciudad que me ha acogido durante los últimos 30 años, mi Ciudad Jardín, Fusagasugá (Cundinamarca).

 

Opinión

Por: Por Jorge Mario Giraldo

Es diciembre del año 2034. Planeo y escribo el recorrido.

Primero opto por transitar a pie el parque principal y disfrutar del espectáculo que ofrecen las palomas al ser alimentadas con maíz por los visitantes, luego, decido caminar por la Avenida de las Palmas y admirar los adornos y luces navideñas que posan sobre ellas, ha sido una tradición de muchos años que las palmas sean decoradas con evento de la llegada de la navidad.

De allí, nos dirigiremos caminando por la sexta a disfrutar de una bebida en el Parque Bonet y posar para la selfie en la Casona Coburgo; en la concha acústica suelen presentarse grupos musicales, ya estará entrada la tarde, descansaremos un poco y desde ahí daremos nuestro próximo paso, cavilé.

Luego de unos minutos, iremos al tradicional barrio Quinta de Balmoral. Allí el alumbrado es espectacular y sus residentes preparan toda una logística que ofrece buena comida y un ambiente navideño, que nos transporta a nuestras épocas de infancia, además, existe allí otro patrimonio que admirar, nuestra Casona de Balmoral, – otra selfie -, pensé para mis adentros.

¿Qué más hacer? es sábado y ya entrada la noche no estaría mal ir a bailar, y así rematar el día abajo del indio en alguno de los ya conocidos sitios de rumba, ¡Quedo planeado mi día!

Llamo a mi esposa e iniciamos el recorrido ya planeado. – ¿Hacia dónde vamos? – pregunta, (es costumbre de ella preguntar todo lo que se va a hacer, por aquello de estar informada), – ¡no te preocupes ya está todo arreglado! – exclamé.

Llegamos al parque principal y ¡oh! sorpresa. No había palomas, ni gente alimentándolas.

-Pero, ¿qué paso aquí? – pregunte con desazón; una profunda nube de smog se alzaba por el parque turbando la visión.

-Ya sabes, desde que instalaron los campamentos de explotación petrolera, la contaminación alejó las palomas – respondió ella mirándome con un poco de asombro por mi tonta pregunta. -Está bien, vamos entonces al segundo sitio planeado para el recorrido-

Nos dirigimos entonces a la avenida de las palmas, que ahora no tiene palmas y en su lugar se levantan postes de macizo hierro señalando el camino a los campos de exploración, todo por seguridad industrial. De las palmas majestuosas y frondosas no quedaba ya nada…

-Ni modo, será continuar nuestro recorrido al Parque Bonet-. Indiqué.

Ya a pocos pasos de este, un profundo hedor a combustible altera nuestros sentidos.

– Pero ¿qué es esto? -, pregunté nuevamente con firmeza.

– ¿En serio?, recuerda que el parque Bonet es ahora la bodega de hidrocarburos Bonet- exclamó nuevamente con un tono que denotaba rabia por lo absurdo de mis preguntas, lo noté.

– ¡Pero la selfie si! – le dije con el anhelo de obtener una foto para la posteridad.

– Vamos rápido porque el olor a químicos me tiene mareada-.

Mi asombro fue brutal. Donde hace algunos años reposaba imponente la casona Coburgo, patrimonio cultural del jardín de Colombia, ahora era un estacionamiento de maquinaria pesada propia de la industria petrolera.

– Igual salgo inmundo en todas las fotos-, le dije a mi esposa, -vámonos para la concha.

– ¿La concha? Cual concha-, respondió con fiereza. Mi asombro se tornó en espanto cuando vi que lo que alguna vez fue la concha acústica, ahora eran las instalaciones de un casino, muy bonito, por cierto; pero ahora nos privaremos de espectáculos como el de la rumba criolla, que se desarrollaba justamente allí, en la ahora, inexistente concha.

-Bueno, pero aún nos quedan sitios por visitar, vamos caminando que la noche es joven-, afirmé. Nos adentramos por la avenida sexta, a la altura del coliseo de ferias y un olor semejante al que se expelía en la calle del Bronx en Bogotá nos turbó.

-¡¡¡Quietos!!!- Irrumpió un sujeto con aspecto desagradable, -me pasan los celulares rapidito y las billeteras-. Partimos de allí en medio de una nube de marihuana combinada con vapores tóxicos emanados por las máquinas y camiones que transportan el petróleo.

-Me dejaron las tarjetas y un dinero que guarde en la chaqueta, creo que con eso podemos hacer algo de lo que se había programado-, resolví.

Llegamos a Quinta de Balmoral, con la ira propia, producto del atraco, pero con la ilusión de seguir adelante con nuestro día de entretenimiento.

-Mierda, ¡que paso aquí! – Exclamé por tercera vez luego de apreciar que lo que un día fue decoración, alegría y mucha luz, se tornaba sombrío y lúgubre, propio de las calles sin alma de un país del tercer mundo.

– ¿Se iría la energía? -, pregunté atónito.

– No señor-, respondió un residente del sector. – Después de iniciados los proyectos mineros y petroleros la factura de energía esta por las nubes y no hay quien aguante con eso, el costo de vida está  muy alto y ya es imposible poner alumbrados, no da para tanto-.

Obviamente el plan de la segunda selfie en la Casona de Balmoral había quedado en el olvido, luego del robo de los teléfonos.

– Bueno, pero trago y rumba siempre habrá-, indiqué yo, con el propósito de emprender el rumbo y culminar, sin mucho éxito, el plan que había ideado para ese día.

Llegando al monumento al indio, vi algo inusual, ya no había indio.

En su lugar, se había levantado un obelisco con la imagen corporativa de la INTERNATIONAL FUCKING PETROLEUM INC, en conmemoración a la multinacional que había traído desarrollo y progreso a nuestra región.

– ¡Lastima! El indio se veía bonito, hasta buen rabo tenía-, le dije a mi esposa en modo jocoso, luego de apreciar que el emblemático indio, memoria de los Sutagaos, se había ido, esta vez para siempre. Ella sonrió.

– Fin del recorrido-, indico el conductor del taxi, – son $60.000 pesos, si tiene sencillo le agradezco-.

– ¿Cuánto? ¡esto es el colmo! –  Exclamé irritado luego de semejante cifra tan descomunal de dinero.

-Mire hermano, eso vale y si no le gusta pues coja buseta, además, después de la llegada de las petroleras todo esta muy caro, y eso que no le pedí propina-, dijo.

Pagué a regañadientes, pero con el consuelo de que había llegado a mi destino y, después de todo un viacrucis, por fin habría diversión.

– ¿A dónde me trajiste? – Preguntó mi esposa, después de notar que donde antes había discotecas, hoy no había espacio para un prostíbulo más.

-Pero, ¿en qué momento paso todo esto? -, pregunté desconcertado, luego de apreciar que lo que un día fue jardín, hoy era una urbe inundada de petróleo; que donde un día había palomas, hoy había una ciudad infestada de ratas nauseabundas; que, en remplazo del paisaje, del color, de la luz y la alegría, había desolación, penumbra y un ambiente desbordado de desasosiego; y ya no había indio.

– De que te asombras-, respondió ella con enojo-, ya de hecho particular en ella,

– ¡Recuerda que hace un poco más de 16 años la gente no voto en la consulta!

Retornamos a casa, luego de un intento fallido de pasar un día de diversión.

Me sentía sucio, decidí tomar una ducha para relajarme luego de tan adverso panorama.

– ¿Cerraste el registro? -, pregunté a mi esposa al apreciar que no salía agua de la regadera.

– Tú si definitivamente no sabes ni en donde estás parado, recuerda que después de que empezó el fracking solo hay agua de 6 de la mañana a 6 de la tarde, se acabó el agua del páramo-, respondió ella con profunda tristeza.

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