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Los derechos fundamentales que viola Fernando Vallejo en su discurso en la Filbo 2016

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Por: Alejandro

Qué lástima que las verdades a las que se refiere el escritor Fernando Vallejo en el discurso pronunciado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el 23 de abril de 2016, se ensombrezcan por la violación de los derechos fundamentales de algunas personas cuando hace “la descarnada radiografía de Colombia, de la religión y del Presidente Santos”, como así lo publicó El Espectador.

 

Opinión.

Por: Germán Calderón España. (*)

Refiriéndose al Presidente de los colombianos, dijo: “Santos: estafador que vendes ilusiones, traidor a los que te encumbraron, gesticulador que no respetas el idioma, truhán que cuanto tocas lo degradas, embrollador, embaucador, mentiroso que mientes con el DANE y atracas con la DIAN.”

Personalmente creo que esa referencia no hace honor a su obra “Logoi: una gramática del lenguaje literario”, que según los críticos es un tratado sobre retórica y literatura, porque con palabras como “truhán”, que significa según los diccionarios “persona que vive de engaños y estafas”, está vulnerando los derechos fundamentales al buen nombre y a la honra del Presidente Santos.

Con relación a esos derechos fundamentales, la Corte Constitucional ha dicho que “nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o reputación.”

El buen nombre ha sido catalogado por la Corte como un derecho de carácter personalísimo y definido como “la reputación, o el concepto que de una persona tienen los demás y que se configura como derecho frente al detrimento que pueda sufrir como producto de expresiones ofensivas o injuriosas o informaciones falsas o tendenciosas.”

Por ser un derecho de la personalidad humana, “…es uno de los más valiosos elementos del patrimonio moral y social y un factor intrínseco de la dignidad humana que a cada persona debe ser reconocida tanto por el Estado, como por la sociedad”.

El derecho a la honra ha sido definido como “la estimación o deferencia con la que cada persona debe ser tenida por los demás miembros de la colectividad que le conocen y le tratan, en razón a su dignidad humana”.

Si bien los ciudadanos también tenemos el derecho a participar en las decisiones que nos afectan interponiendo los medios legales que las controvierten cuando no son del interés general o cuando causan agravios injustificados, a generar los debates y controversias ante las autoridades competentes, a censurar y fiscalizar las acciones corruptas e ineficientes de la administración pública o de justicia, y en general, a no ser partidario de un gobierno, todo esto se puede hacer dentro de los márgenes de la tolerancia y el respeto que a cada persona, por ser adjudicataria de sus derechos personalísimos, se le debe.

Además, la invitación que hace el escritor “…a robar, a extorsionar, a secuestrar, a matar, a volar torres eléctricas, a sembrar minas…”, no es propia de una persona de la cual brota racionalidad y anti dogmatismo puro, porque a nadie se le puede exhortar a la comisión de conductas delictivas con el pretexto del desasosiego que causa la situación del país. Sería como alentar a las víctimas a hacer justicia por su propia mano, proscrita en nuestra legislación penal.

Por ese ataque de ligereza de quien considero un maestro de la escritura, lo exhorto a reflexionar sobre esta frase de Marco Tulio Cicerón: “En verdad, prefiero una silenciosa prudencia a que no una tonta locuacidad.”

(*) Abogado Constitucionalista.

 

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