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Maestros.

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Por: Alejandro

Antes de iniciar esta columna, quiero hacerles un homenaje, con la transcripción de un poema de uno de los más grandes premios nobel de literatura, Gabriela Mistral, quien fuera maestra.  No la transcribo completa, por ser tan extensa, pero se puede consultar en Google: “La Oración a la maestra. Por Gabriela Mistral.

 

Opinión:

Por Santiago Cañón Beltrán.

“¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía para cuando mis labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos,

Hazme fuerte aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida. ¡Amigo, acompáñame!, ¡sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más cabal y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo.

Yo sólo buscaré en tu mirada las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis menudos dolores.

Aligérame la mano en el castigo y suavízame más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando! Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda…. “

 Sobran comentarios sobre el particular, también veamos qué tan grande es el sacrificio de un maestro, yo que fui procurador y fiscal digo: “El trabajo más difícil del mundo, es ser profesor de adolescentes”.

Todos sabemos que la etapa más complicada de nuestras vidas es esta, somos incomprendidos, conflictivos y no sabemos dónde está el norte.

Entonces, veamos: Cómo es que un profesor es la persona que tiene que atender de primera mano esta situación, que no es una enfermedad sino una etapa de la vida.  No en vano, se le conoce como la “edad de la caquita”, por lo difícil.

Quiero que hagamos una comparación, nada odiosa; Hay acaso diferencia entre la dificultad del trabajo de un magistrado de las altas cortes a la de un profesor del escalafón más alto?

Creo que sí, un magistrado no hace nada solo, tiene todo un equipo a su disposición, a tal punto que a veces se convierten en “firmones”, en cambio, un profesor hace su labor solito.

Esta comparación, también cabe, viendo la escala de salarios de cada uno de estos trabajos; por ejemplo,  un magistrado de altas cortes se gana $24’000.000.oo de pesos mensuales y el profesor mayor escalafonado $2’700.000.oo (cifras bajadas vía internet).

El juez y fiscal que menos gana, es algo más de $5’000.000.oo de pesos mensuales y el profesor que menos gana $1’200.000.oo pesos.

Resulta paradójico, que esos magistrados y esos jueces llegaron hasta allá, gracias a sus maestros.

¡JUSTICIA DOÑA GINA¡

 

P.D. Tengo la fortuna de haber sido profesor también y eso me da autoridad para hablar sobre el tema.  

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