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Reymundo, usted no es de este mundo

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Por: Alejandro

El ingenuo candidato al Concejo estaba convencido que los vecinos de infancia, todos iban a votar por él. Cuando llegó por sus votos, esto encontró: Reinaba un alborozo irreprimible. Los equipos de sonido invadían la calle en la que creció.  Todos lo abrazaron llenos de sudor. Estaban bailando ya hace rato. Un tsunami de dádivas había pasado anegándola de esperanzas.

 

Opinión:

Por Germán Calderón España. (*)

A don Pedro le cumplieron con las tejas de zinc para reemplazar las que el invierno había agujereado en su alcoba principal. Hasta el sexo se había esfumado de su habitación húmeda y caratosa.

A Pompi, como le decían al bachiller recién graduado, le ofrecieron un empleo como mensajero en el puesto de salud.

A Marcos el campero, lo sacaron de la vereda El Frailejón, porque la cosa se puso color de hormiga allá, en donde las noticias de un acuerdo de paz jamás se oirían. En adelante se ocuparía de lavar carros en el lavadero de uno de los aportantes más firmes de la política local.

A la hijita de doña Ceci le consiguieron un cupo en el SENA, para que como le dijo su hermanito, «aunque sea aprenda a cocinar».

Don Apulino quedó satisfecho porque le pagaron los recibos del agua y la luz que llevaban tres meses de corte. Hasta la vitamina D le huía de su langaruto cuerpo porque solo y abandonado pasaba días sin consumir algo provechoso. En ocasiones, ni el sol. Pan y salchichón, pan y salchichón, y de vez en cuando una gaseosa.

A don Libardo, el candidato a edil, quien los tiene a todos matriculados en una lista, le llenaron los bolsillos con veinte palos. Qué tristeza, su esposa se está muriendo en el CAMI, mientras con su recompensa de líder se revuelca en el licor y en el regazo de una muchacha con cuatro hijos, ninguno de él. Lo va a dejar en la pura calle… Bueno, ya está en ella. 

Doña Alicia, con su sonrisa de oreja a oreja, ya tiene las hojas de los tamales con instrucciones claras: «¡Solamente quien traiga el certificado del voto come! No hay disculpas».

Jorge ya alistó el bus escalera para bajar los votos del campo. Hoy, víspera de las elecciones, lo lavó, le cambió el aceite y lo tanqueó.

Cuando se fue a despedir, sin los votos del redil, se le vino a la cabeza el día que había partido a la capital. El doctor José Antonio le había pagado a su papá veinte años de servicios. En su maleta llevaba el nombramiento como mensajero de una prestigiosa entidad. El Gerente era su cuota.

“¡Qué lástima que no hubiera llegado diez minutos antes don Reymundo! El candidato se acabó de ir, traía una tula», le dijo don Miguel. “Claro está, que se le hubiera llevado su cédula, porque las decomisa hasta antes de votar.”

Para rematar, un fuerte sentimiento de rabia e impotencia le cubrió el espíritu cuando Fabio, su amigo de infancia, el portero del hospital, le dijo: «Reymundo, esta dicha la vivimos cada vez que hay elecciones. Lo que pasa es que usted no es de este mundo.»

 

(*) Abogado Constitucionalista.

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