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Trump nos tiene en ascuas

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Por: Editor

EE.UU. nos puede llevar a una guerra con Venezuela, si ello sirve a los intereses de Trump para afianzar su régimen nacionalista y xenófobo

 

Opinión

Por: Octavio Quintero

Red GES

Fuentes: EFE – Caracol Radio – Internet

Vivir para ver: ¿Alguien podría imaginarse que un presidente de Estados Unidos, demócrata o republicano, llegara al extremo de compararse con la Venezuela de hoy, si no votan en su favor? Pues, hasta eso acaba de llegar Trump, y no es chiste…

El jueves, durante uno de sus discursos en Las Vegas como presidente lanzador de su partido republicano a las legislativas, dijo: “No voy a permitir que Estados Unidos se convierta en una nueva Venezuela, aunque eso sea lo que algunos quieren”. Y los asistentes le aplaudieron a rabiar, como si en verdad existiera en el inmediato futuro la posibilidad de que el país más poderoso de la tierra quede reducido a la condición de un país en desarrollo, socavado mediante un criminal cerco económico secundado por casi todos los gobiernos del entorno neoliberal en Latinoamérica y Europa.

Lo increíble del ejemplo se junta con lo inconcebible, haciendo todo posible en la cabeza de un loco… Dentro de la misma clase política estadounidense se sugiere que Trump estaría considerando una intervención militar en Venezuela en octubre como estrategia electoral: ¡Hágame el favor! Pero si esto no pasaba de ser mera especulación, va cogiendo cuerpo tras la declaración en las últimas horas del secretario de Estado, Mike Pompeo, en el sentido de que “habrá más acciones para presionar al régimen de Nicolás Maduro”.

Ahora más que nunca la evolución de la política estadounidense es una espada de Damocles en manos de Trump, que nos puede llevar a una guerra con Venezuela, si ello le sirve en las legislativas del próximo mes de noviembre para afianzar su régimen nacionalista y xenófobo.

“Castrochavismo” a la gringa

Según Trump, “algunos quieren que Estados Unidos se convierta en una Venezuela” … ¿Y quiénes son?, él mismo lo dice a renglón seguido, al enmarcar su advertencia en las divisiones internas que, desde la pasada campaña presidencial del 2016, afectan al Partido Demócrata que enfrentó a Hilary Clinton contra Bernie Sanders.

Curiosamente, Trump no menciona el retorno a la arena política del expresidente Obama, caso raro en EE.UU., ni lo reconoce como contradictor de importancia; mucho menos a Hilary Clinton a quien apretadamente derrotó en el 2016. No, el fantasma que debe asustar a los electores es la parte de los demócratas que se considera de izquierda, a quienes llama “socialistas radicales” y “fanáticos”, al punto de considerar que la política propuesta por Sanders es peligrosa, y es la que puede llevar a EE.UU. “a convertirse en nueva Venezuela”.

Y todo este renovado discurso emociona a los electores hasta la histeria. Al invitarlos a votar en las elecciones de noviembre, pidiéndoles “no ser complacientes” con quienes piden “socialismo radical y fronteras abiertas”, la multitud le respondió con atronador aplauso, seguido de cánticos, sobre todo cuando insistió en la construcción del muro en la frontera con México. La irónica paradoja es que semejante respaldo lo obtiene en Nevada, un estado con gran cantidad de inmigrantes que hacen parte de la fuerza laboral de la región.

Hasta el máximo exponente de la extrema derecha que resurge en el mundo Occidental ha redescubierto que el miedo de la gente, políticamente, es más emotivo que su misma esperanza: el coto electoral del statu quo deviene en el dicho, “algo es algo, peor es nada”.

Lo mismo que antes

Trump ganó la presidencia en el 2016 a punta de meter miedos y despertar envidias. Ahora ha descubierto que la confrontación social, es un combustible político de alto octanaje. A juzgar por lo visto en Las Vegas, el riesgo de caer nuevamente en su juego es bien alto.

“Salir de la burbuja, dejar de vivir en la negación y hacer frente a la verdad”, fue lo que predicaron sin éxito los contradictores de Trump en la pasada campaña. ¿Cuál es la verdad social de Estados Unidos hoy?, Sanders lo resume bien en su libro: “Sobre la codicia de las grandes empresas y el declive de la clase media”:

(…)

“La gente se moviliza porque las personas inmensamente ricas son cada vez más ricas y el resto de la humanidad es cada vez más pobre. La gente sufre a diario los efectos de una economía corrupta. Sufre sus efectos cuando se sientan en la mesa de la cocina a revisar las facturas que les acaban de llegar y se ven obligadas a sacar algún producto del carrito del supermercado porque no les alcanza el dinero… Los americanos no aguantan más esta situación. Están hartos de que se apliquen recortes en las ayudas sociales … mientras se esquilma a los contribuyentes el dinero que tanto esfuerzo les ha costado ganar y se despilfarra en el rescate de empresas y en guerras innecesarias. Están hartos de trabajar más horas y cobrar menos para que los ricos llenen los bolsillos … Y están tanto o más hartos de que la codicia de las grandes empresas invierta ilimitadas sumas de dinero para asegurarse de que salgan elegidos sus candidatos, lo que está acabando con nuestro sistema político”.

Esta descripción de la realidad socioeconómica que registra el país más rico del mundo, es lo que Trump llama “socialismo radical y fanático”. Dos años después de su éxito electoral intenta volver a hacerlo en estas elecciones de mitaca. Su resultado nos dirá si los electores estadounidenses aprendieron la lección… Si la fuerza de Trump sigue intacta y mejorando; si los demócratas y otros movimientos cívico – políticos no son capaces de movilizar a nuevos electores para desmontar en noviembre su retórica, “apague y vámonos”, antes de que nos saquen a empellones.

¿A qué juega Colombia?

No está fuera del tiesto, como muchos pudieran pensar, creer que Colombia le está haciendo el juego a la macabra posibilidad de una invasión militar de EE.UU. a Venezuela para sacar a Maduro a lo Noriega de Panamá. Aunque el presidente Duque lo niegue, los hechos son tozudos:

  1. El nombramiento de Pacho Santos como embajador en Washington.
  2. El nombramiento de Ordoñez en la OEA.
  3. La lánguida evasiva del Canciller colombiano al negarse a firmar la Declaración de Lima en la que se condena cualquier posibilidad de salida militar al problema de Venezuela.
  4. La ofensiva verbal que escala el discurso del presidente Duque, quien ya llama públicamente “sátrapa” a su colega venezolano.
  5. El show mediático que el Gobierno montó al Secretario General de la OEA y a la embajadora de EE.UU. en la ONU, en el puente Simón Bolívar que cruza la frontera colombo-venezolana entre Cúcuta y San Antonio, en donde, ambos pregonaron la posibilidad de una intervención militar en Venezuela.

Nada de todo esto fue improvisado, aunque en estos mismos momentos el presidente Duque haya salido a desautorizar a su embajador en Washington, algo que probablemente deberá hacer con su embajador en la OEA cuando también le dé por tocar el tambor de guerra. De momento, ya dijo en su primera entrevista en Washington que, aunque sea embajador, él sigue pensando lo que piensa con respecto a Venezuela: resultó más diplomático que “Pachito”.

Atando cabos, todos los halcones colombianos en el Gobierno Duque son de los entresijos del expresidente Uribe, el mismo que en el 2010, finalizando su mandato dijo: “Me faltó tiempo” para organizar una operación militar a Venezuela.

¡Qué horror! Parece que el reloj del tiempo en Colombia estuviera caminando hacia atrás.

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