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Yo no compro chino, compro colombiano, no cometo “autosuicidio”.

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Por: Alejandro

Oportuno es acudir a la expresión del “ilustre”,  “letrado” y “filólogo” presidente de la vecina Venezuela, Nicolás Maduro, para tratar de hacer visible la realidad del país, Colombia, frente a un  comercio que, de seguro, tiene perversos ingredientes a los cuales el gobierno nacional y sus apéndices de inteligencia de la Dian se niegan a investigar; o así parece. Algo extraño debe contener la proliferación de “Mercados Chinos” ofreciendo mercancías a precios que rompen cualquier lógica del mercado.

 

Opinión

Por: Tarsicio Santamaría.

¿Cómo así que un  mayorista nacional en el llamado madrugón ofrece, por ejemplo, tres sudaderas   por 20 mil pesos mientras la misma cantidad china vale 10 mil pesos? Si las matemáticas no fallan son 3 mil pesos, algo más, por unidad de las asiáticas.

Tan bueno no es tan real; o no tiene lógica. Si hacemos cuentas las cifras no convencen, ¿Cuánto vale traer un producto desde el otro lado del mundo? ¿Y los costos de la materia prima y la mano de obra en China? Cierto es que los orientales prácticamente esclavizan a los obreros a quienes solo les suministran el mínimo de supervivencia; un plato de arroz y dormida en galpones lo cual quiere decir que la mano de obras es prácticamente nula.

A los obreros en China, si las informaciones son verídicas, los arruman en literas que  hacer recordar a los campos de concentración  nazis. Dicen que solo les suministran el mínimo vital pero los obligan a trabajar al máximo de capacidad.

Aun así  no se justifican los precios sorprendentemente bajos que ofrecen, los chinos, en los mercados del país. Insistimos: algo raro está sucediendo  en ese negocio.

En una entrevista en medios radiales nacionales uno de los empresarios asiáticos trató de justificar el escenario argumentando que manejaban volúmenes, asunto que les permitía ofrecer, según él, precios realmente sorprendentes.

¿Una sudadera china  a 3 mil pesos? No lo creo. Eso tiene ají; tiene algo raro. La reflexión, desde luego, no es de este autor; es de uno de los contertulio especializado en economía, además calificado catedrático, con quién analizamos el tema al son de unos tintos bien degustados  en medio de un  entramado de números y operaciones que, salvo él, no entendimos; o por lo menos yo.

La opinión del personaje en cuestión, compartida por la totalidad de los comensales, apunta a que todo se trata de una bien montada y disimulada estrategia mediante la cual se quiere tender una cortina de humo para ocultar una operación de blanqueo de divisas que compromete a los grupos vinculados al narcotráfico.

Mejor dicho a los carteles criminales o Bacrim al igual que  al ELN, las Farc cuyas cabezas visibles, no lo dice este autor, pasarán “inmaculados” gracias a una maniobra de la Casa de Nariño, es decir al presidente Santos, a quién solo interesa el Nobel de la Paz.

Cierto es que de China llegan mercancías importadas legalmente, pero se trata de una trama para ocultar, o justificar, la presencia de contrabando que supera el 95% que hoy se está ofreciendo en todas las ciudades del país; los hacen con ruidosas y seductoras promociones que acaparan la mayoría de clientela.

Y los colombianos, que devengan un vulgar sueldo mínimo, encuentran en estas promociones una gran oportunidad para hacer rendir   el sueldo. “Todo a mil” gritan los negocios con sello Chino.

La mayoría de los colombianos no saben que detrás de la industria de la confección nacional se encuentras millares de mujeres y hombres compatriotas que, con sacrificio, tratan de encontrar el sustento de sus hijos cosiendo, por ejemplo, sudaderas, con el propósito de alcanzar algo de dinero para llevarles   una porción de pan a sus hijos.

No saben los compradores criollos que una madre de familia, o un padre, o ambos, se levantan a las cuatro o cinco de la mañana para iniciar una faena que, por bien, termina a la diez de la noche; todos los día. Por cada prenda terminada solo reciben ¡2 mil pesos! A lo mucho.

Esos compatriotas son tomados por las estadísticas del gobierno como empleados. Y ellos tienen que sacar para su seguridad social, arriendo y todo lo demás. Qué tristeza.

Ese sacrificio se ve hoy amenazado por un mercado perverso que puede estar consentido por el señor Santos. Pregunto ¿Qué puede hacer un padre  o una de madre a quién las confecciones chinas le quitó el trabajo? Difícil pero de ahí al delito, como última alternativa, no hay distancia.

Esos padres o esas madres no pueden aguantar las bocas de sus hijos sin pan. Algo tienen que hacer y ello conlleva a decisiones extremas, desesperadas.

Pensemos. Si soy zapatero, o panadero, o tendero, o confeccionistas de prendas colombianas, o lo que sea, debo contar con una clientela importante que hoy se están llevando los chino. Si se quiebran los confeccionistas, en este caso, pierdo unos clientes lo cual es igual a bajar las ventas; con ello se arrastra a aquellas madres y padres contratados por los empresarios nacionales quienes ya no van a tener posibilidades laborales.

De mi parte y en lo personal no compro nada chino porque, además de ser de muy mala calidad lo cual es dañino para mi presupuesto, estoy negándole un bocado a millones de niños cuyos padres se dedican a confeccionar sudaderas o prendas, por unos míseros pesos que deben ganarse de sol a sol.

Mucho me temo que los potencialmente famosos mercados chinos no son otra cosa que un lavadero de dineros del narcotráfico y las actividades ilícitas –blanqueo de divisas- sobre las cuales el gobierno Santos no quiere reparar.

Por eso, enfáticamente lo anuncio, ¡No compro chino, compro colombiano!

*Foto venta.brick7.com

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